Dicen que arrodillarse es humillante… (con poema de J.M. Fonollosa)

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Hay muchos detalles inherentes a la sumisión que cuando empiezas a masticar las fantasías y esas recién nacidas ganas que se te despiertan, se te vuelven un poco bilis.  Vale, no siempre… Pero a muchas nos ha pasado en nuestros despertares este desorden de certezas, esta puesta patas arriba de lo que atesorábamos. La dignidad, la independencia, la frente alta y batalladora…
Arrodillarse es humillante… No soy hembra del siglo XX-XXI para arrodillarme a los pies de un hombre. ¿Diluír tu ser en la voluntad de otro? ¿Agachar la mirada?  ¿Ser reflejo, víctima, silencio?

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Luego digieres el susto, aprendes de tus dudas y acomodas lo que eres a toda esta nueva colección de contenciones y mareas. Y aprendes que eres más tú cuando lo eres desde todos los temblores de tus ganas, disfrutando la enervación de epitelios, vísceras, córtex… Explorándote en los bordes de la caída, en la pérdida del aliento, en la luz de cada perspectiva. Sí, y que a veces eres más alta arrodillada.

Y entonces es divino arrodillarse.

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MULBERRY STREET

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Dicen que arrodillarse es humillante.

Que es esta posición la del vencido,
del sumiso, del vil, del que renuncia
a la última esperanza de salvarse.

Que estar arrodillado en una calle,
en un templo o salón, afrenta incluso
a aquél que lo contempla y no lo impide.

Como afrenta una bomba que no estalla
a quien confiaba actuara su explosivo.

Sí. Es innoble actitud arrodillarse
delante de otro ser, cuando el sujeto
es pasivo. Mas no si éste es activo.

Porque hay una excepción en que es victoria,
gozo y satisfacción esta postura:
cuando el sexo la exige ansiosamente.

Entonces es divino arrodillarse.

 

José María Fonollosa (1922-1991)
de «Ciudad del Hombre, Nueva York» (1955)

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