«CEREMONIA DE MUJERES», novela de Jeanne de Berg

Ya que el Jardín Secreto este mes nos recuerdó esta novela, y teniendo en cuenta que ho es 16 de octubre (Día de la Escritora) y por tanto, buen día para recomendar lecturas con nombre femenino, aquí compartimos nuestra opinión sobre la novela Ceremonia de Mujeres, de Jeanne de Berg (o Jean de Berg, ambos son los pseudónimos bajo los que escribía Catherine Robbe-Grillet). Y de paso compartimos un fragmento de la novela.

A propósito del Día de las Escritoras, el año pasado recogimos un listado de literatura BDSM escrita por mujeres. Pueden consultarla AQUÍ y si ven alguna ausencia, se agradecerá que nos lo notifiquen para completar la lista.

Ceremonia de Mujeres trata, indudablemente, de temática BDSM, no como algo que ocurra de forma transversal a la historia, si no directa y exclusivamente. Especialmente recomendado para cuantos amen la estética de los ceremoniales, sobre todo dentro de un marco de dominación femenina.

Con la excusa de preparar una posterior redacción de ciertas escenas BDSM oficiadas por ella, la protagonista nos narra algunas de esas escenas, a veces directamente, a veces contándoselas a un interlocutor.

Así nos presenta varias experiencias donde la ceremonia y el ritual son los protagonistas. Los detalles cuidados, los claro-oscuros, la luz y las sombras, los colores, los silencios… Todo está medido y controlado, desde que los participantes salen de sus casas hasta que retornan a ellas.

Personalmente no comparto esta fascinación por la estética y la ceremonia, por lo que en ocasiones toda la parafernalia que acompaña a los actos (¿o son los actos los que acompañan a la parafernalia?) me resulta un poco desproporcionada e incluso, en alguna escena, me cuesta mucho encontrarle el sentido. Por eso mis pasajes favoritos son aquellos donde la ceremonia pierde su protagonismo a favor de imprevistos que hacen que las personas sobresalgan y nos dejen atisbar algo más allá de sus máscaras rituales.

Yo he echado de menos las vidas de los personajes, sus relaciones, sus sentimientos… Sin duda existen, no son extraños recién reclutados en un club (alguno hay), incluso en cierto momento uno de los personajes es marcado, lo cual no se hace así como así… pero apenas se menciona absolutamente nada de su vinculación y motivaciones, fuera de los momentos narrados. Ah, y dicho sea de paso, parece ser que los clubs de Paris son bastante cutres.

El fragmento que he elegido no refleja el carácter ritual que preside el texto, pero las ceremonias son demasiado dilatadas para seleccionar una de ellas. Además este fragmento me llevó a imaginar mi propia fantasía, alguna noche de verano, con el enjambre luminoso de Benidorm debajo y los reflejos del mar…

.

  *

Esta noche o nunca… Está decidido.

Las noches cálidas son raras en París; incluso en el corazón del verano, las nubes se amontonan al atardecer y, una vez pasada la tormenta, hace fresco, demasiado fresco para pensar en acercarse al borde del agua por los muelles del Sena. Razón de más para no tergiversar y sacar provecho de esas noches de una suavidad desacostumbrada que suceden, desde hace poco, a los días de canícula. Ayer mismo, acompañada de un amigo que estaba de paso, con ocasión de un paseo nocturno sin rumbo aparente, dirigí nuestros pasos de forma subrepticia hacia esa parte del muelle, cercana al Lovre, a la que vuelvo gustosa, con el propósito de hacer un discreto pero indispensable reconocimiento del terreno.

No ha cambiado nada. La anilla sigue allí, enorme, una anilla de amarre, empotrada a la altura de un hombre en el muro de piedra. Nunca la he visto utilizar: ni para retener el cordaje de una gabarra ni para ninguna otra cosa. ¿De dónde viene, entonces, la profunda degolladura que orada la piedra, bajo el metal, si no es de la usura?

Telefoneé a Pierre en cuanto me desperté. Está en París, de vacaciones, sin ningún proyecto en particular. Le pedí que me dedicara la tarde (sin decirle nada más). En cuanto a Liliane, a la que de todas maneras tenía que ver, no supone ningún problema modificar la cita.

Pierre libre… el cielo imperturbablemente azul… Tengo todos los triunfos en la mano.

Así pues, esta noche…

 *

 A la hora convenida Pierre está delante de mi puerta, al volante de su coche,. Para llevarme a su casa, en lo alto de Mont.martre. El edificio debe de estar construido sobre un pronunciado desnivel del terreno, ya que, para acceder al apartamento de sus padres, que es de cara a la calle un primero, y de cara al patio un tercero, hay que descender un escalón si se viene del exterior.

Su habitación se parece a la de cualquier estudiante de su edad: libros, una deslumbrante cadena de alta fidelidad, montones de cassettes, discos, etc., con excepción, no obstante, del cenicero lleno de colillas pagadas: no fuma.

Como su atuendo no me conviene, elijo en su guardarropa una camisa azul claro, un pantalón de un azul un poco más oscuro, un cinturón de cuero rojizo.

Se desnuda rápidamente y con una fascinante agilidad de movimientos. Asaltada por una duda, bajo el elástico de su slip. Ahí está la piel, bajo la tela, indudablemente más pálida. Le digo:

– ¡Pero si estás moreno!

– ¡Si, los negros se ponen morenos! – me contesta riendo.

Asombrosa revelación.

En cuanto está listo salimos otra vez, con el Sena por destino.

(…)

Ya es completamente de noche cuando aparca junto a la acera de las Tullerías. Tomamos la empinada y recta escalera que baja directamente al muelle. Liliane espera sentada en un escalón. La rodeo sin decir una palabra. No creo que Pierre haya advertido nuestro intercambio de miradas. Los tacones fino s me molestan para avanzar por los antiguos y desiguales pavimentos de la orilla. Pero sólo hay que andar unos metros para llegar a la anilla. Allí, tiro al suelo la bolsita que le entorpece las manos y se las ato a la espalda con una cuerdecilla que saco de uno de mis bolsillos, una cuerdecilla de seda que un día encontré en un cajón en casa de mi abuela, en medio de un revoltijo de lazos y ballenas de corsé. A continuación, anudo sólidamente los dos cabos sueltos a la anilla. Todo ocurre muy deprisa. Sin gestos inútiles ni falsas maniobras… Estos acostumbrada.

Él está pegado al muro. Podría apartarse un poco y cubrir exactamente la longitud del diámetro de la anilla, trazado en horizontal. Pero, ¿para qué iba a intentarlo? ¿No parece, así apoyado, que está tomando el fresco?

Una mujer pasa sin prestarnos atención: Liliane se sienta un poco más lejos, en el banco.

Por otra parte, pocos son los paseantes que se aventuran hacia este extremo del muelle, sin salida aparente a menos que uno conozca la existencia de la escalera.

De la ciudad llega una vaga claridad, y de allá arriba, de las farolas de la calle, cae una luz deslumbrante a través de las hojas de los álamos.

Pero, sobre todo en las noches de verano, hay que contar los potentes faros de los barcos, cargados de turistas en apretadas hileras, que surcan el río a poca velocidad, iluminando a su paso, de una orilla del Sena a la otra, la fachada de las casas, el frente de los edificios, los árboles desde sus copas, los arcos del puente, el muro de piedra, el abollado pavimento del muelle, y, delante de mí, recortada en la piedra, la escotadura de tres escaloncillos que conducen al agua, sumergidos a intervalos regulares por las pequeñas olas e intermitentemente por remolinos más grandes que vienen a romper en la orilla con un ruido de resaca. Este es ahora tan fuerte que cubre el ruido discontinuo de los altavoces gangosos de una lancha motora que se aleja.

Demasiado modesta, esa lancha… La he dejado pasar.

El buque que aparece a lo lejos entre los pilares de un puente, río arriba, de un tamaño mucho más considerable, es el que estoy esperando, lo reconozco. Desciende la corriente y avanza, imponente, en nuestra dirección. Completamente rodeado de grandes proyectores, inunda con una marea de luz las orillas y la superficie del río, que se fragmenta en miles de reflejos rotos. Se acerca a simple vista. Atraviesa el último puente. Su techo de vidrio proyecta en la bóveda, vivamente iluminada, un fugitivo entrecruzamiento de imágenes movedizas. Cuando atraviese el puente estará sobre nosotros, ineludiblemente.

Aparecen, en dirección opuesta, cuatro jóvenes que se dirigen hacia donde nos hallamos. Andan deprisa. Ya sólo están a una veintena de metros. Pero no queda tiempo para retroceder: no hay manera de escapar a la trampa que me he tendido.

Apenas unos instantes y estamos, de lleno, bajo la luz de los proyectores. Más allá de la fosa, detrás de la rampa luminosa, distingo el amontonamiento de cabezas que miran, en la orilla, a una mujer menuda y vestida de blanco, azotando a un joven negro, descamisado, pegado a la alta pared de piedra que sirve de fondo a la escena.

Estirado primero con ambas manos, el cuero del cinturón se despliega con un golpe seco y preciso hacia la piel desnuda. Sobre la que se abate con un chasquido. El muchacho tira de sus ataduras, y la anilla se levanta. Are la boca, grita:

– Podéis… más fuerte…

Se me ha pasado el nerviosismo y agarro fuerte el cinturón. Nada me retiene ya, nada ni nadie, ¡y mucho menos el negro y su mirada enloquecida! Me siento embriagada… sus ojos van de las manos que le azotan a la abarrotada sala de teatro que contempla la exhibición. Algunos espectadores se han levantado y tienden un brazo hacia nosotros. La sala flotante deriva, paralelamente a la orilla, y las luces disminuyen. Pero casi enseguida aumentan otra vez: otro barco pasa ante nosotros.

Y otra vez las luces de la rampa, cientos de siluetas a contraluz, connivencias desconocidas, una sala que se aleja en la corriente del río, remolinos de agua… Un breve entreacto… luego, por última vez, luces deslumbrantes, un patio de butacas repleto de gente que se desliza a cámara lenta, una espumeante estela… y el reflujo.

El claroscuro ha terminado… Ya está… Me detengo.

De nuevo se oye el chapoteo, el murmullo de las hojas de los álamos, y allá arriba, el rumor de la ciudad, el aire es tibio.

El negro deja escapar un profundo suspiro, como si acabara de encontrar nuevamente suelo firme bajo sus pies. Antes de devolverle el cinturón, trazo en su pecho, con el hebijón de la hebilla, una línea que se vuelve blanca en el acto: se diría una rúbrica. Mientras lo desato, pasa por fin el grupo de jóvenes, cuatro escandinavos en pantalón corto y camiseta; sólo las dos chicas se vuelven a mirarnos.

Liliane, con la que nos reunimos en el banco (donde el negro la ve por primera vez), dice que se quedaron inmóviles, instintivamente, en el momento en que yo levanté el brazo. Dice que los dos hombres siguieron toda la escena inclinados sobre el parapeto, sobre nosotros. Dice también, mientras subimos la escalera, que se ha quedado «“impresionada»” pero que se siente más a gusto, decididamente, en la intimidad de la pareja. Me lo temía: aquí está la prueba.

Pierre parece feliz (la sorpresa, la provocación pública, el miedo, todo eso tenía que gustarle). Guarda silencio (posee un innato sentido de las conveniencias) hasta el momento en que nos encontramos frente a frente, en su coche. Allí le escucho hablar.. no me equivocaba: está, no sé cómo decirlo, “embalado” (sobre todo por esa idea: la inesperada explotación de los cruceros fluviales). En cuanto a mí, la coincidencia exacta entre lo que yo había planeado y lo que acaba de suceder me provoca un eufórico sentimiento de plenitud.

 *

 Al día siguiente volvía al mismo lugar, pero esta vez como pasajera en el bateaumouche más importante (el buque insignia en cierto modo). Embarqué en el puente del Alma, con la muchedumbre de los extranjeros. La noche era estrellada. Para que me acompañara elegí a Didier, un joven intelectual estudioso y un poco tímido. “Solo con usted”, le gusta precisar… Didier, pues, al que intimido un poco.

Al principio, como todo el mundo, miramos desfilar los monumentos iluminados, acodados en la borda, con el rostro acariciado por la brisa y el frescor que sube del río. Como una simple turista, fingí escuchar el comentario bilingüe difundido por el altavoz. Luego acabé por no oírlo. Nos acercábamos al “lugar”. Estaríamos allí una vez pasado el puente que se destacaba a la luz de los faros, ya muy cerca, bajo el cielo nocturno.

Al salir del puente, el muelle aparece desierto, con la anilla aplicada al muro para siempre jamás. Le pregunto a Didier:

– ¿Ve esa anilla, allá abajo? Me gustaría atar a un hombre a ella algún día… Cuando apsara un barco como éste empezaría a azotarlo salvajemente… sí, salvajemente… No se trataría de un simulacro… estaríamos iluminados por los proyectores…

Después de una pausa, él me contesta:

– No creo que yo pudiera soportar ese público… Toda esa gente que me estaría viendo…

No contesto nada. Después, a media voz:

– Toda esa gente ya ha visto…

Sólo entonces le describo la velada de la víspera… Y era como si la multitud, detrás de mí, descubriese incrédula en la orilla al efebo de la piel negra, entregado, expuesto, aureolado de luz, fuera de su alcance.

  

Ceremonia de mujeres
Jeanne de Berg

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